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Carta de adiós a mi madre

Querida mamá,

Comenzar estas líneas es una de las cosas más duras que he hecho nunca. Me duele cada palabra porque no he podido decírtelas y, sobretodo, porque nunca las escucharás.

Quise ponerte a salvo y no pude. Será algo con lo que tendré que convivir el resto de mi vida. Quisiera que me perdonases aunque sé que nunca lo podré hacer yo.

Nunca imaginé que algo que no podemos ver fuera tan mortífero y real. Veo las calles vacías y me parece estar viviendo una pesadilla, algo irreal, pero después, a las ocho de la tarde cuando sale todo el mundo a los balcones me doy cuenta de lo real que es y de lo unidos que estamos todos en la distancia.

Somos muchos, somos demasiados los que no hemos podido decir adiós. Pero lo peor, lo que me rompe el alma en dos, es que sois demasiados los que os habéis apagado sin que ni siquiera os pudieran coger de la mano.

Me pregunto si pensarías que no te queríamos o no nos importabas. Eso me mortifica. La sola duda de lo mucho que significas para mí y para toda tu familia.

Quizás te llegó mi amor a través de la distancia, quizás te llegaron esos abrazos que soñaba darte. Ojalá. Ojalá abandonaras este mundo sintiendo todo lo que te queremos, lo muchísimo que te queremos.

Porque siempre fuiste mi norte, alguien con quien podía contar pasara lo que pasase. Mi roca en la tormenta.

Soy quien soy hoy porque tu estabas en mi vida. Cada vez que me caía me ayudabas a levantarme y a curarme las heridas. Escuché tus consejos todas y cada una de las veces aunque no te mentiré, tu y yo sabemos que más de una vez no te hice caso. Y me arrepentí, sé que lo sabes. Pero en parte hacerse mayor consiste en eso ¿verdad mamá?

Ahora que ya soy mayor he de decirte que fuiste muy paciente conmigo, yo no sé si lo sería tanto con los míos. Bueno… quizás sí porque aprendí de ti, pero prefiero no comprobarlo.

Nunca te dije lo mucho que me gustaban aquellas tardes de domingo cuando jugábamos a las cartas. Así aprendí a perder, porque se te daba muy bien, y eso me divertía.

Siempre pospuse aprender a hacer pan contigo, siempre surgía algo y «ya habrán momentos más tranquilos».

Que tonto es el ser humano cuando piensa que siempre habrá un mañana ¿verdad? Todo lo dejamos para mañana como si hubiera una certeza absoluta de que el mañana existirá para nosotros.

No aprendí a cuidar los rosales, tampoco a zurcir calcetines. El arroz con leche lo compraba aunque nunca estaba como el tuyo. Tampoco aprendí a coger los melones maduros.

¿Te suena tonto? Porque a mi me parece que no sé nada si no sé hacer todo eso. Y ahora ¿quien va a enseñarme?

Tendré que sacar tiempo para ello. Trabajo demasiado y parece que el cansancio y la falta de tiempo lo ocupa todo. Ya me lo decías tú.

«Tanto trabajar no te deja vivir»

Y no lo hacía. ¿Sabes que quería llevarte de viaje a Roma? Llevaba tiempo ahorrando pero no te lo había dicho. Te escuchaba cuando decías eso de «Me moriré sin ver Roma ¡vaya por Dios!» fingía muy bien que no te oía pero sí lo hacía, por supuesto que lo hacía.

Quizás deba de ir de todas formas… ¿te gustaría?

Ahora solo me queda tu recuerdo y tu voz en mi cabeza que me dice que le eche menos aceite a la sartén cuando fría. Algo me dice que estarás a mi lado, la lógica me dice que no pero hay tantas cosas que no sabemos de la muerte que ¿por qué no puede ser posible?

Me gustaría poder pedirte consejo y que tu sabiduría me llegue. Me gustaría que vieses crecer a tus nietos, que los vieras casarse y tener hijos. Siempre fuiste una gran abuela ¿te lo llegué a decir? Pues lo eras, la mejor diría yo. Ellos también han llorado mucho. Todavía no se creen que no podamos volver a verte. La verdad es que yo a veces también lo dudo.

Lo daría todo por volver a abrazarte, porque me consolaras acariciándome la cabeza como solo tu sabes. Mi marido lo intenta pero no lo hace igual.

Me pregunto si viviré el resto de mi vida incompleta. No creo que supere tu perdida pero tendré que aprender a vivir con ella. Ya sabía que algún día pasaría pero es que lo que nos ha pasado, ni en mis peores sueños lo hubiera imaginado.

Ahora soy yo sin ti. Pasará el tiempo y tendré que decidir como vivir. La vida no tiene el mismo color, el cielo tiene otro azul. Ya no existe ningún mañana asegurado, nunca lo hubo pero yo sí que pensaba que existían.

Quizás deba aprender a vivir al día. Decir cada día todos los te quiero, no dejar enfados para mañana y, sobre todo, disfrutar de todas aquellas cosas y personas, grandes o pequeñas que me hacen feliz porque, si algo me gustaba de ti, es que siempre parecías feliz. Eras feliz con poco y ahora creo que entiendo el porqué.

Me gustaría imaginarte en un lugar donde puedas seguir siendo feliz. Donde puedas vernos crecer y, donde algún día, pueda volverte a ver.

Formas parte de mi ser, de mi corazón, gracias por enseñármelo todo y perdóname por no haber estado ahí.

Te quiero, con toda mi alma, y espero pacientemente volver a encontrarme contigo.

Adiós mamá

Con cariño tu hija

Imagen de Mimirebelle en Pixabay

Carta de adiós a mi madre

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